El vivo y el bobo

 

Por Yolanda Ruiz para El Espectador

Algunos de verdad quieren acabarla, otros quieren cosechar dividendos con la bandera que puede mover a las masas y algunos más se muestran escépticos porque pareciera que estamos condenados al reinado de los corruptos. En este escenario se piden más sanciones, más condenas, más justicia, pero creo que es tiempo también de cambiar el chip de una sociedad que aplaude el ingenio para evadir las leyes y considera tonto a quien cumple las reglas.

“El vivo vive del bobo” dice un adagio popular y es uno de los refranes que mueven parte del alma de un país que se enorgullece de su ingenio para conseguir metas por el camino corto, sin que preocupe cruzar las líneas de lo legal, lo ético o lo decente. Un país en el que se menosprecia a quien decide ser buen ciudadano porque lo tildan de tonto o despistado por no sacar provecho personal de cualquier “papayazo”, porque si el décimo primer mandamiento es “no dar papaya”, el décimo segundo es “papaya dada, papaya partida”.

Los mismos que se burlan de los “bobos”, condenan a los corruptos y piden castigo, pero pocos aceptan que con sus conductas contribuyen a enterrar en el fango el interés colectivo. Caso grave y emblemático el de los US$6,5 millones que recibió un funcionario en el gigantesco escándalo de Odebrecht que nos ocupa ahora, pero no es todo: la cultura de la corrupción nos ha permeado de arriba abajo y muchos ni quieren darse cuenta de que también están untados del mismo fango.

No se siente corrupto el político que recibe plata de los delincuentes ni los jefes de los partidos que dan avales a asesinos, narcotraficantes y a todo tipo de criminales. No se siente corrupto el abogado que tuerce las leyes para buscar libertades por vencimientos de términos que benefician a culpables. Hay quienes dirán que la obligación de un abogado es defender a su cliente, pero qué bueno fuera que no se les olvidara algo que se llama ética.

No se siente corrupto el periodista que recibe sobres o favores por el pago de lo que publica o lo que calla, ni el policía que mira para otro lado mientras el delincuente hace de las suyas en sus narices. No se siente corrupto el empresario que paga sobornos, ni el funcionario que los recibe porque “si yo no lo hago, otro lo va a recibir”. No se siente corrupto el contador que ayuda a eludir impuestos, ni el contribuyente que oculta su plata. No se siente corrupto el que compra un inmueble y acuerda con el vendedor registrarlo por menos para no pagar lo que corresponde.

No se siente corrupto el que vende contrabando ni el que lo compra y menos el votante que recibe $20.000 por votar por el corrupto que se va a robar la plata de su región. ¡Ese votante luego se queja de esos corruptos que ayudó a elegir!

Por supuesto que mucho va del caso Nule al funcionario de menor rango que recibe $50.000 por agilizar un trámite, pero llamo la atención sobre el espíritu que hay en el fondo.

No se sienten corruptos; se sienten ingeniosos y vivos porque se colaron sin pagar, porque cambiaron una multa por una “propinita” (soborno) a un funcionario o se saltaron una norma traficando influencias. No se siente corrupto el Estado que le viola los derechos a miles de empleados a quienes llama “contratistas” para no pagarles lo que la ley ordena por derecho a los trabajadores.

No es extraño que quienes deciden hacer las cosas correctas tengan todo tipo de problemas: “No sea bobo pague el billetico y eso le sale”; “No sea bobo llame a su amigo”; “No sea bobo todo el mundo lo hace”. Me entenderán quienes hayan intentado hacer las cosas bien y sin buscar el atajo: a veces en Colombia es más fácil el camino torcido que el camino recto. Creo que es tiempo de mirar distinto a esos “bobos” que pueden salvarnos; tiempo de que se hagan más visibles ellos que los pillos.

Por Yolanda Ruiz para El Espectador

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