No alquilo habitación a mujeres negras

No alquilo habitación a mujeres negras

Fuente: Afrofeminas 

Cuando vi el anuncio publicado en una de las páginas bastante famosas de alquileres de viviendas, me quedé helada. Lo leí varias veces, con la esperanza de haberme equivocado. Me puse en contacto con la persona que había escrito el anuncio y fue muy amable, me dijo que la habitación estaba disponible, que podía ir a verla y que quedaríamos esta misma tarde. No me preguntó sobre mi color de piel, aunque me dijo: “Eres italiana, ¿verdad?”, “Sí” le contesté, “Ah, nada, nada… se nota en tu acento”.

Acompañé a mi amiga a ver la habitación. La veía muy nerviosa, aunque entusiasmada. Sabía que no se iba a quedar con esta habitación, pero tenía muchas ganas de ver la cara del dueño del piso, al ver que se trataba de una mujer y encima, negra. Era un juego (como dice ella) que habíamos empezado hace un tiempo. Cuando por la calle, en los autobuses, en las tiendas y en cualquier otra instalación pública, veíamos que a ella se le reservaba siempre un trato distinto. A veces malo; otras veces tan bueno que nos reíamos. Nos hacía pensar en la incomodidad de la gente racista que no quiere aparentar serlo.

Cuando el señor T. llegó a la cita se quedó mirándonos un largo rato. En todo momento se dirigió a mí, como si mi amiga no existiera. Dejó de hacerle gracia mi acento italiano. Quizá pensó que le habíamos tendido una trampa. Nos (me) enseñó el piso y la habitación en alquiler en tres minutos y, finalmente, me preguntó que si la habitación era para mí. “No, señor T. Es para mí” dijo mi amiga. “Lo siento, no alquilo habitaciones a mujeres negras”. Mi amiga se rió en su cara. Sin embargo, sabíamos las dos que este juego que hacíamos a veces dolía mucho. “Por muy española que seas – me dijo un día – si tu color de piel es más oscuro o si tienes el pelo como el mío, para la gente serás siempre una negra”.

Mi amiga le preguntó al señor T. qué problema tenía con las personas negras y, en especial, con las mujeres negras. A lo que su respuesta fue el resumen de muchos de los estereotipos de género y origen racial que nos podíamos imaginar. “Mira, niña (mirándome a mí) yo no soy racista, pero es que sabemos muy bien las fiestas que se montan las negras en los pisos. Que si son putas, que si los hombres, que si el alcohol. Y yo no quiero problemas, niña (otra vez). Y dime, ¿cómo se gana dinero la amiga tuya ésta? ¿T.R.A.B.A.J.A.S.?” Así lo dijo, muy despacio por si ella no se enteraba. “Mira, niña (otra vez) yo de verdad que tengo un amigo negro, sabes, que mi problema no son los negros. Pero estas mujeres no, lo siento. Yo no quiero que mi casa sea un piso de prostitutas. Y que se chille, y que se monten fiestas y que duerman  diez en una habitación.”

Lo dejamos terminar. En cuanto llegamos a nuestra oficina denunciamos el hecho no solo en la página web (el anuncio se eliminó, pero sabemos que pronto escribirán otros del mismo estilo) sino también a entidades especializadas en luchar contra la discriminación racial o étnica.

Nos fuimos a tomar una cerveza y comentamos el hecho. Quería saber cómo se sentía después de lo ocurrido y me dijo algo sobre lo que sigo reflexionando, aunque hayan pasado varios meses. “Amiga, hay algo que me come el coco por dentro. Aún no sé si me siento más discriminada por ser negra o por ser mujer”. Me quedé boquiabierta. Me había sentido discriminada muchas veces por ser mujer, pero no por ser “blanca” (o amarilla, como dice mi amiga). Le volví a preguntar sobre eso, como si quisiera una respuesta cerrada. Y aún no me ha podido contestar. En ese momento algo cambió en nuestra amistad: sentimos que nuestra lucha, que no podía dejar de ser nuestra, tenía que abrirse a otros conceptos. Sentimos que no podíamos ser feministas sin estar realmente abiertas a todas las mujeres que nos encontramos por el camino y que mis cuestiones de “blanca” deben abarcar sus cuestiones de “negra”. Supimos, en otras palabras, que nuestro feminismo tenía que ser, en primer lugar, antirracista y acercarse a todas estas mujeres discriminadas en los autobuses, en la calle, en los parques, en la búsqueda de un empleo o de una habitación. Las dos luchamos contra la discriminación múltiple que sufren las mujeres africanas y afrodescendientes, por ser mujeres y por ser negras.

Hace poco quedé con mi amiga. Me dijo: “sabes, lo sigo pensando todos los días. No hace falta contestar tu pregunta, de si me siento más discriminada por ser mujer o por ser negra. Me discriminan, te discriminan, nos discriminan y lo que nos interesa es luchar, juntas, para ser libres. Hermana, -siguió – cada una tiene su lucha desde su lugar, casa, puesto de trabajo, país, circunstancia. No estamos solas. Nuestro feminismo es antirracista, anticapitalista y antipatriarcal.”

Le dimos otro trago a la cerveza y salimos del bar, sabiendo que habíamos madurado algo que iba a cambiar nuestras vidas para siempre.

Pd: el señor T. ha vuelto a publicar su anuncio. Lo hemos denunciado, lo han borrado y se le ha llamado la atención desde una asociación de Sevilla.

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