Los puños de la dignidad

Los puños de la dignidad

(Sobre el podio inolvidable en los Juegos Olímpicos de 1968)

Tommie Smith había destrozado los cronómetros en los Juegos Olímpicos de México 68: 19,83 fue la marca con la que ganó la medalla de oro en los 200 metros llanos. Por primera vez, un atleta bajaba la frontera de los 20 segundos en esa prueba. Y era un atleta negro. El podio estaba listo. Los velocistas se acercaron lentamente. Primero subió el vencedor. Después, el inesperado segundo: el australiano Peter Norman. El tercero fue John Carlos, favorito en los pronósticos. Las medallas ya colgaban de sus cuellos cuando se escucharon los primeros compases del himno nacional de Estados Unidos. Entonces, ante la mirada atónita de la multitud, lo impensado: Smith levantó su puño derecho cubierto por un guante negro. Carlos lo siguió con su puño izquierdo. Los dos bajaron la cabeza. Los dos escucharon descalzos, con la mirada perdida, las estrofas del himno con ese gesto que los haría inmortales.

Tommie Smith había preparado meticulosamente ese gesto desde antes de su partida al DF. Algunos meses atrás, habían asesinado a Marthin Luther King en Memphis. Dos días después, las balas fueron para Bobby Hutton, un joven de los Panteras Negras. “Con toda la fuerza de mis músculos y el dolor de mi corazón, me dije que era preciso hacer algo que suscitara la solidaridad del mundo entero”, admitió Smith, séptimo de 12 hermanos, cuyos padres habían trabajado toda su vida llenando sacos de algodón en las plantaciones de Texas, bajo la vigilancia y los golpes de capataces blancos. Su mujer se encargó de conseguir un par de guantes de cuero negro, pero Tommie recién pudo conversar sobre el tema con Carlos después de la carrera. Carlos pensó un momento, y después aceptó participar de la protesta. “Si alguien dispara, ya conoces el sonido”, comentó con ironía, pero sin disimular el temor que despertaba el gesto que estaban por asumir. Para sorpresa de ambos, el australiano también se sumó al plan, y se colocó algunas insignias del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos. Los tres protagonizaron esa foto inolvidable.

Pero al bajar del podio, pagaron el precio de la afrenta contra su patria racista. Fueron suspendidos del equipo americano y expulsados de inmediato de la Villa Olímpica. Al regresar a Estados Unidos, no hubo un día en que zafaran de escuchar una amenaza de muerte. Todos los contratos publicitarios se cancelaron. La mujer de Smith pidió el divorcio, harta de las presiones; la de Carlos fue más expeditiva: se suicidó. Tommie Smith, medalla de oro y poseedor de 11 plusmarcas mundiales, un año después de correr como un jet en los Juegos Olímpicos, lavaba coches por 3 dólares la hora. Pero jamás se arrepintió de su gesto.

Los homenajes tardaron 37 años en llegar. Hoy hay estatuas, documentales, palabras bonitas y aplausos para Smith. Pero el tipo sigue igual. Como esa vez que se decidió a correr más rápido que nadie para mostrarle al mundo la tragedia de su pueblo. Como ahora, que afirma: “La dignidad de los negros vale más que ganar una medalla de oro para Estados Unidos”.

Fuente: Revista Sudesta

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